SÓLO SÉ QUE SOY (Ensayo sobre el conocer)
Salta, así no perderás la capacidad de sorprenderte y mejorará la calidad de tu vida.
El grado de conocimiento de uno mismo está implícitamente ligado a las confrontaciones que sostengo con otros, bajo diferentes tipos de relaciones, día a día, en mi vida cotidiana o realidad objetiva.
Las confrontaciones no son discusiones, sino que representan saltos breves (término de Berger y Luckmann). A mayores relaciones, más saltos.
Estos saltos los definiría como espacios pequeños de tiempo durante los cuales se sorprende uno mismo al no conocer la significación del otro con su “aquí y ahora”, que no es igual al mío pero que me enriquece; pues al exponer el otro tanta información verbal y no verbal, “cara a cara”, necesariamente tengo que realizar una introspección y así encontrar similitudes o desacuerdos que podré defender en algunos momentos o que simplemente me confirmarán con un mayor conocimiento propio.
Además, con todo ésto, tengo la oportunidad de crecer adquiriendo más conocimientos, pues aún cuando no sean a través de mi propia experiencia, acumulo mayores significados y significantes. Y digo crecer pues el crecer está determinado por mi capacidad de entender al otro, de aceptarlo, de ser tolerante y respetarlo, pues mientras más conozco, más confirmo que todos y cada uno de nosotros somos diferentes y plenos como seres reales y sujetos del tiempo.
Los saltos son necesarios para mantener un equilibrio entre nuestra realidad objetiva y subjetiva. Ambas son interdependientes.
El salto es cuando se está mentalmente en una zona limitada de significado. Se produce un cambio radical en la tensión de la conciencia y se desvía la atención de la realidad de la vida cotidiana.
Con los saltos, te expandes.
Por ejemplo: cuando decimos que alguien “está en las nubes”. Y ese estar en las nubes puede deberse a varias causas como el vivir experiencias religiosas o cuando estamos enamorados, entre otras.
En esos momentos, nuestro lenguaje común es limitado, pues no nos satisface para expresar de forma cabal lo que vivimos interiormente y lo que sentimos. Las imágenes mentales no nos “llenan” por más irreales o ideales que las forjemos o las “maquillemos”.
Hay una necesidad de evasión que nos exalta, ya que ningún conocimiento logra abarcar esa irrealidad, y el tiempo pareciera detenerse complaciente y observar nuestra breve liberación.
Existen rompimientos con el conocimiento de la vida cotidiana.
Tampoco es razonable el ponderar estas evasiones pues podemos “perder piso”.
Si no tengo un buen bagaje de conocimientos sobre mi realidad objetiva, no puedo establecer relaciones dentro de un marco de normalidad para la sociedad a la que pertenezco y divagaré por más tiempo en mi realidad subjetiva, lo cual me haría un ser inadaptado y desequilibrado.
Con todo esto, podríamos preguntarnos:
¿PARA QUÉ CONOZCO?
Para relacionarme
Con el medio ambiente, con mi entorno y todo lo que ello implica, pero sobre todo con otras personas, pues al relacionarme establezco una conexión entre Ello, Ellos y Yo, y al conectarnos me “enchufo” como parte de un Todo.
Sin estas relaciones no podría vivir en el sentido literal de la palabra.
Así, sólo sé que Soy y Estoy en la medida en que los otros Son y Están.
Rosa Evelia Montaño Centeno
BIBLIOGRAFÍA:
Discurso de recepción de Carlos
Ramírez Vuelvas en el Premio de Ensayo Caja Madrid
El
poeta y ensayista Carlos Ramírez Vuelvas (Colima 1981) recibió el pasado 26 de
mayo (2011) el Premio Caja Madrid de Ensayo por el volumen de ensayos Mexican
drugs. Variables latinoamericanas sobre el sistema del narcotráfico,
que fue editado por Lengua de Trapo. Su discurso vuelve sobre el estado de
violencia que se vive en México.
Carta
abierta
(Imitación
de Guillermo Gómez-Peña)
Señor
de los aires (y de las tierras y de las carreteras),
Sinceramente, nosotros no
queremos la violencia. Nuestras necesidades son otras. Que las calles sin luz
durante las noches, tengan un farolito. Que en las escuelas se impartan clases,
y se ofrezca un poco de eso que llaman educación. Que las personas salgan a los
caminos los fines de semana, a jugar futbol a los jardines. Que los abuelos
abrasen a sus nietos. Y quien quiera bailar, que baile; y quien quiera tomar,
que tome; y quien no quiera hacer nada, que no haga nada. Nosotros queremos
trabajar. Ir a la oficina, ir a la tienda, ir a la carnicería, ir a la obra.
Nosotros queremos vivir. Ver otra vez a los niños. Ver los parques. Mirar el
paso de las estaciones, mientras escuchamos buena música en la radio. Cruzar
sin miedo la carretera a Michoacán, a Sinaloa, a Nayarit, a Colima. Comer en la
playa, bañarnos en el mar.
Usted haga lo que quiera. Nosotros no pretendemos interrumpir sus negocios.
Tampoco queríamos que la corrupción se instalara, grande como es, en las
oficinas de gobierno. Pero ya ve cómo son las cosas. Nada ganaremos con repetir
las gastadas palabras de siempre. Pero no hay necesidad de que violente nuestra
vida cotidiana. Haga lo suyo. A veces uno no es lo que quiere, si no lo que
puede ser. Déjennos con nuestros pequeños prejuicios, nuestras resacas de
domingo con aguardiente barato y la mezclilla que nos uniforma desde hace mucho
tiempo. Si alguno puede comprar un auto, si alguien sigue en el camión,
adelante. Usted compre sus camionetas, sus policías, sus armas. Pero no las use
contra nosotros, que nuestros intereses, ya ve, son otros.
A lo mejor todos tenemos lo que nos merecemos. Me refiero al gobierno que
merecemos, a la sociedad que merecemos. Al final de cuentas nadie puede crecer
más allá de su estatura. Pero ahora esa disquisición no es importante. Lo que
no queremos son los secuestros, ¿qué nos va pedir si ya casi no nos queda
ni la dignidad? No exagero, las instituciones se quedan sin dinero y hasta
usted sabe cómo se suman las facturas pegadas al refrigerador: el teléfono, la
luz eléctrica, el agua, el predial, las placas. El banco no es nada compasivo
con los intereses. ¿De dónde vamos a sacar más dinero nosotros? ¿Qué ganará
usted secuestrando a la que llamamos sociedad civil? ¿Qué guerra gana con
nuestras muertes?
Tampoco queremos robos, ni
atracos, ni nada de eso. Ya no podemos con nada de eso. ¿Qué ganará usted
instaurando, como dicen los que saben, la política del miedo? Ya sabemos que
más de alguno de los servidores públicos es su servidor, y que no hay manera de
revertir el círculo vicioso. A nosotros déjennos con nuestros miércoles de
cine, con nuestra torpeza para elegir nuestros objetos preciados, con nuestra
pereza para despertar los lunes, con nuestros delirios de consumidores de
primer mundo. Usted siga con sus negocios. Ninguno de nosotros está aquí
para interrumpirlo, porque, de verdad, de verdad, no nos interesa.
Nosotros no queríamos una guerra contra las drogas. Nadie nos preguntó por
ello. No queremos participar en ello. La mayoría de nosotros ni siquiera
entendemos de qué se trata una guerra. Nunca hemos tenido un arma en las manos
y, en serio, poco nos incumbe conocerlas. Si los que dicen gobernar pretenden
que la sociedad civil siga sumando muertos en esta guerra, nosotros también les
decimos a los que pretenden gobernar, que no; que no queremos esta guerra. Que
no queremos muertos inocentes. Cada quien a lo suyo.
Nadie nos preguntó qué queríamos cuando usted llegó. Ahora usted está en todas
partes. Pero nosotros no queremos todas partes. Sólo algunos sitios. Déjennos
con eso. Si usted y el gobierno, que a lo mejor son el mismo (no se preocupe,
nadie anda ese camino), quieren continuar con la guerra, háganlo. Parece que el
gobierno también tiene violencia que compartir con usted. Pero nosotros no.
Nosotros con pocas cosas nos conformamos. Lo que se puede decir es lo que no
queremos más.
Desde la sociedad civil, sobre todo la sociedad civil, no queremos robos, ni
secuestros, ni atracos, ni asaltos, ni ejecutados, ni balas perdidas, ni
choques de automóviles, ni golpes a inocentes, ni torturas, ni errores fatales,
ni familias desmembradas. Nosotros no queremos la violencia. Nosotros no
queremos violencia. Nosotros no queremos violencia. Nosotros no queremos
violencia. Nosotros no queremos. Nosotros no. Nosotros. No.
En algún lugar
En
algún lugar
tiene
que haber un rayo de luz
que
disipe las tinieblas del futuro
una
esperanza
que no
se deje matar por el desencanto
y una
fe
que no
pierda inmediatamente la fe en si misma.
En
algún lugar
tiene
que haber un niño inocente
al que
los demonios no han conquistado aún
un
frescor de vida
que no
espire putrefacción
y una
felicidad
que no
se base en las desgracias de los demás.
En
algún lugar
tiene
que haber un despertador de la sensatez
que
avise el peligro de los juegos autoaniquiladores
una
gravedad
que se
atreva a tomarse en serio
y una
bondad
cuya
raíz no sea simplemente maldad frenada.
En
algún lugar
tiene
que haber una belleza
que
siga siendo belleza
una
conciencia pura
que no
oculte un crimen apartado
tiene
que haber
un
amor a la vida
que no
hable con lengua equívoca
y una
libertad
que no
se base en la opresión de los demás".
MARIA
WINE. Poetisa Sueca. (1912-2002)
Época de lluvias.
Porque ya queremos que llueva,
que se vaya el calor agobiante,
que venga el frescor, la calma,
la paz, la justicia...
Espero con ansia la época de lluvias,
para que recuperen su verdor
los árboles cargados de polvo,
y se lave la sangre de los caminos.
Espero la frescura
y el golpetear de las gotas,
que son alegres,
no como el golpetear de balas.
Quiero que llueva,
que caiga un aguacero,
que se diluyan las nubes del horizonte,
para ver más allá si todavía queda futuro.
Pero el cielo permanece encapotado,
solo está esperando una señal
para hacer que los campos reverdezcan y
los corazones florezcan.
Autor: Pedro Licea Colima, Col., México. 8 de julio de 2011
Te pido perdón
Te pido perdón por mi silencio. Por el tiempo que he callado mis demandas resguardadas entre cuatro seguras paredes, sola o con los míos.
Te pido perdón por haber enjuiciado y dictaminado a tantos muertos o desaparecidos, de la misma forma que el sistema al que critico.
Te pido perdón por no haber permanecido en la duda de la inocencia de todos ellos, de tu tío, de tu padre, de tu madre, sabes que me refiero a ti.
Te pido perdón porque la conciencia, bendita conciencia, no me dejaba dormir y que en lugar de actuar a tu lado me escondí en mis desvelos y lágrimas.
Te pido perdón por no querer ver más allá de mi casa el dolor que hay, la impotencia y el seguir pensando que aquí no pasa nada, mientras no me pase a mí.
Te pido perdón por no haber sabido cómo acercarme cuando tuviste tu pena y escudada en la espera de que me indicaras cómo ayudarte, me estacioné.
Te pido perdón por no haber estado a tu lado para secarte las lágrimas, pues aún con la demanda que pusiste y la falta de resultados, a la fecha, no te acompañé en el reclamo por la justicia y la verdad, por el trabajo que deben realizar quienes viven de mis aportaciones y con ello he sido un jefe inepto. No demandé a mis empleados públicos para que hicieran bien su trabajo, sí, me callé, porque sólo me confortaba ver un trozo de sol, unas gotas de lluvia sobre mi cara, al asomarme por la ventana, y ahí, escondida, permanecí.
Te pido perdón porque he llevado mi vida con un doble discurso, de la misma forma que los políticos a los cuales lanzo vituperios que no atinan a salir, que se clavan tal vez porque los merecía más yo.
Te pido perdón por vivir en el lamento, en la queja constante y estar pasiva. Porque a pesar de tantos tipos de muertos y desaparecidos, mi mente estructura las cosas, de tal manera, que el dolor compartido fuera instantáneo como el correr de las imágenes o el tiempo que la vista se posó a leer sus nombres y en el número de ellos, cuando la noticia los marcó en fantasmas. Muchos no tienen nombre, cadáveres revueltos con máquinas en fosas comunes, de los cuales, será difícil que sus familias sepan el fin de su destino. Ver tantos dolientes que son muertos o acusados del asesinato por sus propios muertos, como medida para dar resultados de una “investigación”.
Te pido perdón por no haber querido estar en esas cifras y tener miedo de que los míos sufrieran algo similar.
Te pido perdón por haber apagado la televisión, el internet y no haber querido leer el periódico por tanta nota roja en primera plana, ya que me quitaba las fuerzas para buscar el disfrute de mis días opacos y digo opacos, porque ni siquiera pude aspirar a tener oportunidades dignas en mis trabajos, a pesar de mi entrega.
Te pido perdón por mi conformismo, por mi rebeldía que a nadie llega, que no entienden, es más, que apesta.
Por ello y mucho más, porque ya no puedo perdonarme no estar a tu lado, luchando por el mundo que sueño, porque ya no quiero estar así, estoy en el jardín Libertad, esperándote a ti y esperando a quienes tienen ganas de decir ya basta, un ya basta fuerte, pero de sí.
Evelia Montaño. Colima, Col. México.